Aprende a sonreír sin motivo.

lunes, 1 de septiembre de 2014

Ella es una luz en la oscuridad.

Ella es la dama de hierro, fuerte e invencible, ella desprende seguridad a cada paso que da y todo el mundo cuando pasa a su lado se queda parado para admirarla, tan feliz, tan suya y tan mágica. Porque si está feliz te lo demuestra, y lo grita, lo grita para que todo el mundo se dé cuenta de que disfruta de la vida, que la vive como nadie lo podría hacer, por eso cada día aprendo un poco más de ella, un poco más acerca de sus manías, acerca de sus consejos y sus palabras. Porque se quiere, se quiere mucho y gracias a eso nos quiere como la que más y lo demuestra, lo demuestra cada día. Ella sonríe a la vida aunque todo vaya mal y por eso la vida le sonríe a ella, ella triunfa cada noche que sale, triunfa en lo que hace, es una campeona, por eso sé que va a estar genial allí aunque yo no esté con ella para decírselo cada día, que va a ser la reina de todo Burdeos, que lo va a pasar en grande y cada día vivirá una nueva experiencia para luego tener que contársela a su amiga que la va a echar demasiado de menos. Ella no lo sabe bien pero cada día se va a acordar de su cucu y deseando volver a verla para darla un abrazo enorme.
Que te quiero, que te voy a echar mucho de menos cuculin.
Disfruta de esta maravillosa experiencia que sé que lo harás.


jueves, 19 de junio de 2014

Aquel año.

¿El derecho a echarte de menos cuándo se termina?
¿Cuándo empieza la limpieza del dolor  y todas esas mierdas?

Han sido dos sueños contigo en un mismo día.
Todas las cosas que te decía y al despertar
este silencio.

Me siento como un turista incapaz de besar la tierra,
mirando cada paisaje con las manos en los bolsillos,
pidiendo comida a domicilio
y diciendo “ticket para uno solo” en cada museo.

Me basta tu risa para aferrarme a un recuerdo,
el bastón de tristeza con el que trato a los gusanos
cuando vienen a comerse los pedazos
y habitarme las sombras,
el horario de visitas de este absurdo trabajo
de olvidar  tus manos frías
cada vez que me emborracho.

Cada día.
La gente dice que deje de hacerme daño.
Olvidarte.

martes, 17 de junio de 2014

Demasiado rápido.

Nuestro silencio estaba cargado de ultraviolencia, ¿o acaso pensamos que no deciéndonos nada íbamos a dejar de hacernos daño? También nos quedamos sin amigos. Por no saber aguantar a nadie, ya ni nos reconocíamos en los espejos. El amor al final fue un océano donde nosotros quisimos nadar sin sentirnos exhaustos. Nos quedamos sin fuerzas en algún lugar entre el exceso y el no saber volver a la orilla, por habernos pasado tanto tiempo deseando quedarnos siempre flotando el uno al lado del otro. Ella era una sirena, de esas que te terminan hundiendo. Guapa como ninguna, terrible como la distancia sólo sabe desdibujar a las personas. El verano desde entonces es una gran cicatriz. La gente sabe que los "para siempre" pocas veces se cumplen, pero ignoran que casi nunca dejamos de esperarlos. Sucedió que por intentar ser demasiado, terminamos sin ser nada. Los besos nos los dábamos con los ojos abiertos, porque también queríamos besarnos con la mirada. Fue esa gran necesidad, ese descontrol del todo, sin tratar de salvarnos, saltábamos a nuestros brazos como suicidas esperando morir contra un cuerpo. Pero ya no tenemos a alguien en cuya piel poder olvidar el roce de aquella otra. Si me preguntas por qué, yo te diré que porque quisimos querer antes de saber querer. Que todo aquello nos venía grande: aquellos sentimientos, aquel océano, aquel "quédate toda la vida". Mira, ni quedarnos, ni toda, y por supuesto no sé si vida, pero oye: lo intenté. Espero que ese recuerdo sepa rescatarte un poco, cuando te hundas y allí no haya nadie para hacerlo contigo.

sábado, 14 de junio de 2014

Vinagre para las heridas, ¿dulce azúcar al final?

Repito lugares, que no momentos: vuelvo, vuelvo, vuelvo, sin intención de dejarte volver. Vuelvo, y cambio el día, la persona, el clima, para que cuando piense en ello automáticamente no aparezca tu cara en mi mente, no exista ya ese recuerdo. Pero no me daba cuenta, a medida que me perdía de calle en calle, que el cielo cada vez era más gris, las nubes se abalanzaban sobre mí y sin venir a cuento se puso a llover. Peor que un diluvio, sin tener un resguardo, sólo me acuerdo de cómo las gotas se deslizaban por el asfalto y dejaban ese olor a tierra mojada que me activaba todo por dentro. Siempre serás mi invencible tormenta de verano, con truenos y rayos incluída, escandalosa, grandiosa, que aparece sin que nadie la espere y se va sin que te haya dado tiempo a reaccionar, apenas cinco minutos después.

lunes, 12 de mayo de 2014

Lunares.

Todos estos fines de semana que me voy a la capital no puedo evitar pensar en ti y en cómo te va todo. Qué tal estás en el piso este año con tus hermanos, si sigues haciéndoles la cena y recogiéndoles la ropa sucia, qué tal te van las clases y si consigues llegar a primera algún día de la semana Me gustaría saber si sigues echando unos tiros en la canal y después celebrándolo con unas cañas en la sureña, si sigues tan perezoso como siempre.Me encantaría saber cuantas millones de películas nuevas te has visto desde que no sé nada de ti, si sigues dejando muertas a las tías con tu forma de hablar, si sigues dejando pasar a tres o cuatro  cada noche o si has conocido ya a otra que te haga reír como lo hacia yo, si la llamas borracha  a las tantas y le cuentas tu noche con las mejores bromas, si le dedicas tus buenas noches y tus buenos días, si paseáis por Madrid abrazados, cosa que yo nunca puse hacer contigo. 
Por mi parte desearía hablar contigo y contarte un poco como llevo este desorden que tengo por vida, contarte todo para que tú me ayudases y me hicieras sonreír a pesar de todo.
Porque aunque lo niegue, tú eras el mejor idiota.

Se busca llorón. Stop.

La lluvia me limpiaba de miedos. Dejaba que cayeran las gotas en mi ropa y en mi piel. Me veía tan sola y tan patética que sólo quería llorar, como lo estaban haciendo esas nubes que aclaraban, con su gris marengo, un cielo negro lleno de estrellas. Cuando las miré a todas, tan relucientes, tan lejanas, me acordé de aquel refrán: algunos nacen con estrella y otros nacen estrellados. Saboreé mis últimas lágrimas, saladas pero amargas. O ácidas. Podridas. Ni siquiera sabía por qué estaba llorando. La lluvia seguía limpiándome mientras yo seguía pensándote. Era todo un círculo vicioso. Un círculo de mierda.

Yo nací estrellada. Desde pequeña las cosas no me salían como quería. En las edades de los grandes cambios, la gente que estaba a mi alrededor ponía remedios para mis desastres. Nunca me he sentido enteramente querida, quizás porque yo tampoco me he querido por completo.
Cuando dejé de llorar, vi que el mundo seguía moviéndose tan rápido como aquellas gotas que caían en mi pelo. La vida es eso que pasa. Que pasa sin preguntarte a qué velocidad lo deseas. Pero, quién iba a decir que el tiempo pasa más rápido cuando eres más feliz. Y cuando lloras. Cuando lloras y necesitas darle al stop y pararlo todo.
Estaba excesivamente sola. Pero era lo que necesitaba. La soledad es la mejor compañía cuando quieres llorar de verdad. Y tampoco nadie quiere ser el acompañante de un llanto ajeno. Es un papel muy importante, pocos están preparados para colaborar en esa trama. O ese drama. Llorar en compañía es difícil. Pero precioso.
Me saqué una sonrisa del bolsillo de mi abrigo. Estaba un poco mojada. Me di la vuelta y aquí estoy: buscando a alguien con quien compartir unas lágrimas.

miércoles, 23 de abril de 2014

¿Alguna vez os habéis sentido tan felices, tan tan felices, que ya no vale la pena vivir más?

 Hace tiempo que sé que del amor nunca se puede saber nada del todo. Que es como una ventana desde la que se ve un paisaje que va más allá de donde nos alcanza la vista. Es sólo una brisa. Sí, eso es. El amor es una brisa. Una caricia. Una caricia suave, de esas que a veces erizan la piel, y otras simplemente se olvidan. Pero el amor es, a fin de cuentas, un camino. Un camino que serpentea, baja, sube, se detiene y la vegetación lo corta, y tienes que desandar, volver, irte. El amor también es una respuesta. Es un hombro para aquel que llora, y una palmada en la espalda para aquel que, desesperado, se resigna. Es una inmensidad. No sabría deciros por qué, pero creo que aquella persona que ama se vuelve infinita. Y se le puede notar en la mirada, que el amor le besa la heridas. Le cura. Le abraza fuertemente. Y es tan bonito como cuando nosotros recordamos sonreír aunque estemos solos.